Terracota figura en la memoria de pocos en Trinidad y Tobago. Casi nadie recuerda ya aquel barrio que aterraba a los niños y asombraba a los científicos.
Perdida tras la, en sus tiempos famosa, Muralla Espejada, Terracota es hoy un mundo paralelo, una dimensión completamente ajena a la nuestra.
Los habitantes de Terracota no son ni más ni menos gentiles que el resto de los trinitarios. Sus costumbres no se escapan de los patrones a los que cualquier sudamericano del Norte consideraría normal, exceptuando las de algunos descendientes de Merenios, que suelen realizar los ritos propios de su cultura cuando, por ejemplo, arriba el partir de algún ser querido, pero éstos son una minoría.
Sin embargo, los Terraqueños padecen una condición única en la raza humana, vulgarmente llamada Síndrome de Piel Permeable.
Como el nombre lo dice, la piel de los nativos de Terracota es permeable, tanto externa como interiormente. Esto los convierte en sangrantes bolsas de masa pálida, inestables al tacto. La sangre se filtra por los poros, perdiéndose litros a borbotones, dejando paso al agua que, al tener contacto con el cuerpo, lo atraviesa de un extremo a otro.
Increíblemente, esto no presenta ningún tipo de discapacidad cardiovascular, respiratoria ó motriz, ya que sus organismos funcionan acorde a la inestabilidad de sangre y agua en los mismos: sus órganos son móviles y su corazón bombea un incierto número de veces más que el de otro humano.
Si bien el aspecto de ésta peculiar comunidad no resultó agradable ante la vista de los Trinitarios, miles de científicos extranjeros llegaron a obsesionarse con el fenómeno de las pieles permeables, al punto de efectuar secuestros de padecientes, los cuales eran examinados y estudiados por meses, para luego convertirse en conejillos de Indias de diversos experimentos.
Se aspiró al descubrimiento de la anomalía en el ADN de los Terraqueños. Llegó a afirmarse que, bien implementado, el gen, polímero ó lo que fuere que generase ésta rareza, podría llegar a aportar beneficios a aquellos que sufriesen leucemia, hipertensión arterial, atereosclerosis e hidropesía. En el futuro podrían encontrarse propiedades más frívolas, como la de quemador de grasa definitivo.
Ninguno de los planes de los científicos dieron frutos. La O.N.U ordenó regresar a todos los Terraqueños presos en laboratorios a su pueblo natal. Dicha organización fue, a su vez, la que propuso la construcción de la Muralla Espejada. El número de muertes de infantes nacidos de parejas entre portadores y no portadores del síndrome crecía a pasos agigantados. Aparentemente, éstos heredaban únicamente la permeabilidad externa de la piel, por lo que reventaban cuando se les exponía al agua. Ésta fue una de las razones por las que se vio necesario apartar el barrio Terracota del resto de Trinidad y Tobago (y del mundo).
Quienes presenciaron la construcción de la Muralla Espejada, la cual era en realidad un invernadero cúbico compuesto por un único espejo doble plegado, aseguran haber sentido que el barrio se borraba de sus vistas como un mal dibujo del papel.
Pese a estas palabras, la conmoción mundial fue enteramente pasajera, ignorándose desde la primer semana el hecho de que el mundo está tan vivo de un lado de ésta ilusión óptica, como del otro.
Es probable que los Terraqueños hayan sufrido el aislamiento en una forma ligeramente más severa que ellos, que vos, es cierto. Pero lo único que puede afirmarse, es que su imposibilidad física para jugar a la mancha, les es un problema de mayor gravedad.
Imaginate entonces.
jueves, 29 de diciembre de 2011
viernes, 16 de diciembre de 2011
Aaah
Te digo que no. No, no estoy pudiendo escribir.
De tener la certeza, de saber realmente qué es aquello que quiero decir, ó de lo contrario si no tengo nada para contar, las cosas serían diferentes. Tendría claro qué es lo que tengo en la cabeza. Tendría claro si tengo algo en la cabeza. Cosa que me tiene, como quien dice: mal. Es como si... a ver; supongamos, que el escribir para plasmar y transmitir emociones, pensamientos, reflexiones ó lo que fuere, tuviese forma de puente. Bueno, en ese caso, mi escritura sería, con toda seguridad, el Hussaini (¿se escribirá así?).
No entiendo cómo hacen los malparidos que vienen y dicen "uh, porque yo tengo muchas cosas para decir, voy a escribir una novela". Pará, algo no está funcionando, de su lado ó del mío. Ó el gato que trepó demasiado alto al árbol soy yo, ó ellos cagan a mentiras. Usé una comparación bastante pretenciosa y por sobre todo de mierda, pero, a lo que voy: pensé por tanto tiempo qué es lo que quiero decir (ú, otra vez, si tengo algo para decir), que me fui al carajo y no sé dónde estoy parada, al igual que un perro en celo se pierde por perseguir por horas una perra.
No digiero la idea de que alguien tenga los pensamientos tan bien ordenados, como, para por ejemplo, inventar una historia. ¿Por qué los trucos de escritura sirven en los escritores y en mí no? Podría quejarme toda la noche. Ó toda la mañana, ya están por cantar los gorriones, y yo me puse a teclear estas vergüenzeadas que no tienen nada que ver con lo que pensé en un principio.
A lo mejor, la razón por la que estos trucos no funcionan (así como tampoco nunca me funcionaron los trucos del Spyro) es porque (guarda que se viene el cliché) no tengomusa. Me dio un retorcijón estomacal tan insoportablemente terrible mandarme esa que tuve que tacharlo, pero, tristemente, es así como son las cosas. Si vienese un escritor con una copa de vino en la mano, trayendo desfilando tras de sí un espectro de música jazz, y me preguntase, cuál es mi musa... ¿qué tendría que decirle?. Mi musa es el odio injustificado. No, ni eso. No sé. Mi musa es el rechazo de los que pensé que no pero siempre fueron ajenos, ó los gatos como molde para metáforas. Tampoco. Y, no sé señor, pero esa copa no se agarra así, y deje de andar por la calle con el programa de Cinemateca a la vista, ya sabemos que es un pseudointelectual de mierda.
Al final escribí algo. Puede ser que pueda escribir, sí. Lo que no puedo es decir nada.
Qué lástima.
Los odio, brillantes escritores.
De tener la certeza, de saber realmente qué es aquello que quiero decir, ó de lo contrario si no tengo nada para contar, las cosas serían diferentes. Tendría claro qué es lo que tengo en la cabeza. Tendría claro si tengo algo en la cabeza. Cosa que me tiene, como quien dice: mal. Es como si... a ver; supongamos, que el escribir para plasmar y transmitir emociones, pensamientos, reflexiones ó lo que fuere, tuviese forma de puente. Bueno, en ese caso, mi escritura sería, con toda seguridad, el Hussaini (¿se escribirá así?).
No entiendo cómo hacen los malparidos que vienen y dicen "uh, porque yo tengo muchas cosas para decir, voy a escribir una novela". Pará, algo no está funcionando, de su lado ó del mío. Ó el gato que trepó demasiado alto al árbol soy yo, ó ellos cagan a mentiras. Usé una comparación bastante pretenciosa y por sobre todo de mierda, pero, a lo que voy: pensé por tanto tiempo qué es lo que quiero decir (ú, otra vez, si tengo algo para decir), que me fui al carajo y no sé dónde estoy parada, al igual que un perro en celo se pierde por perseguir por horas una perra.
No digiero la idea de que alguien tenga los pensamientos tan bien ordenados, como, para por ejemplo, inventar una historia. ¿Por qué los trucos de escritura sirven en los escritores y en mí no? Podría quejarme toda la noche. Ó toda la mañana, ya están por cantar los gorriones, y yo me puse a teclear estas vergüenzeadas que no tienen nada que ver con lo que pensé en un principio.
A lo mejor, la razón por la que estos trucos no funcionan (así como tampoco nunca me funcionaron los trucos del Spyro) es porque (guarda que se viene el cliché) no tengo
Al final escribí algo. Puede ser que pueda escribir, sí. Lo que no puedo es decir nada.
Qué lástima.
Los odio, brillantes escritores.
miércoles, 19 de octubre de 2011
Lame.
Baja la mirada. Examina. Analiza. Estudia. Escanea. Como un catador de vinos. Y frunce el entrecejo. Mala señal.
Como haciendo suspenso, como si detrás de él sonasen repiques de tambores, desliza las pupilas hasta que casi se chocan con las cejas (muy tensas). La mira está en el blanco. Desaprobación. La pobre está en problemas. Una gotita de sudor le hace cosquillas en la sien. Traga saliva.
Ambos se anclan en una sola mirada. Se preguntan quién hará el primer movimiento. Quién será la fiera, quién la gacela.
Vuelve a bajar la mirada. El rechazo es aún mayor. Imposible ser optimista. El inmundo, frío y descompuesto aroma de la fallida ofrenda le taladra la cabeza. Cierra los puños, clava las uñas en la palma de la mano hasta hacer sangre. Las venas están que revientan por el cuello. El rechinar de los dientes careados y amarillos marca el ritmo de los latidos de los corazones.
Ella junta las manos y entrelaza los dedos por debajo del vientre. La piel, verde de pálida. Transpirada. Los labios se agrietan. Hace ademán de humedecérselos con la lengua pero ésta está seca y áspera como la de un gato. Un remolino le hace un hueco en el estómago. Se mea encima. Se enchastra las piernas. Después lo limpia, ahora teme por su vida.
Él se incorpora, apoyando los puños sobre la mesa de plástico de oferta. No ha vuelto a levantar la mirada. Los ojos están ocultos. Ella sólo ve su irregular calvicie. Los granitos de la cabeza.
Arroja la ofrenda contra la pared, haciéndose ésta trizas y manchándolo todo de rojo. Fue un destello seco. Potente. Los oídos zumban. Los cuerpos permanecen estáticos.
Vuelven a clavarse las miradas. Los corazones dan un salto hasta estancarse en la garganta. Él abre los labios. Le tiembla la comisura izquierda.
-Los ravioles están fríos, puta.
Como haciendo suspenso, como si detrás de él sonasen repiques de tambores, desliza las pupilas hasta que casi se chocan con las cejas (muy tensas). La mira está en el blanco. Desaprobación. La pobre está en problemas. Una gotita de sudor le hace cosquillas en la sien. Traga saliva.
Ambos se anclan en una sola mirada. Se preguntan quién hará el primer movimiento. Quién será la fiera, quién la gacela.
Vuelve a bajar la mirada. El rechazo es aún mayor. Imposible ser optimista. El inmundo, frío y descompuesto aroma de la fallida ofrenda le taladra la cabeza. Cierra los puños, clava las uñas en la palma de la mano hasta hacer sangre. Las venas están que revientan por el cuello. El rechinar de los dientes careados y amarillos marca el ritmo de los latidos de los corazones.
Ella junta las manos y entrelaza los dedos por debajo del vientre. La piel, verde de pálida. Transpirada. Los labios se agrietan. Hace ademán de humedecérselos con la lengua pero ésta está seca y áspera como la de un gato. Un remolino le hace un hueco en el estómago. Se mea encima. Se enchastra las piernas. Después lo limpia, ahora teme por su vida.
Él se incorpora, apoyando los puños sobre la mesa de plástico de oferta. No ha vuelto a levantar la mirada. Los ojos están ocultos. Ella sólo ve su irregular calvicie. Los granitos de la cabeza.
Arroja la ofrenda contra la pared, haciéndose ésta trizas y manchándolo todo de rojo. Fue un destello seco. Potente. Los oídos zumban. Los cuerpos permanecen estáticos.
Vuelven a clavarse las miradas. Los corazones dan un salto hasta estancarse en la garganta. Él abre los labios. Le tiembla la comisura izquierda.
-Los ravioles están fríos, puta.
martes, 18 de octubre de 2011
11237 · Like · · Share · 2 minutes ago....
Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce, trece, catorce, quince, dieciséis, diecisiete, dieciocho, diecinueve, veinte, veintiuno, veintidos, veintitres, veinticuatro, veinticinco, veintiseis, veintisiete, veintiocho, veintinueve, treinta, treinta y uno, treinta y dos, treinta y tres, treinta y cuatro, treinta y cinco, treinta y seis, treinta y siete, treinta y ocho, treinta y nueve, cuarenta, cuarenta y uno, cuarenta y dos, cuarenta y tres, cuarenta y cuatro, cuarenta y cinco, cuarenta y seis, cuarenta y siete, cuarenta y ocho, cuarenta y nueve, cincuenta, cincuenta y uno, cincuenta y dos, cincuenta y tres, cincuenta y cuatro, cincuenta y cinco, cincuenta y seis, cincuenta y siete, cincuenta y ocho, cincuenta y nueve, sesenta, sesenta y uno, sesenta y dos, sesenta y tres, sesenta y cuatro, sesenta y cinco, sesenta y seis, sesenta y siete, sesenta y ocho, sesenta y nueve, setenta, setenta y uno, setenta y dos, setenta y tres, setenta y cuatro, setenta y cinco, setenta y seis, setenta y siete.... ¡setenta y ocho!.
En dos estás de espaldas. En otra medio de lejos.
Me encantan todas igual.
Lluvia de random facts:
En dos estás de espaldas. En otra medio de lejos.
Me encantan todas igual.
![]() |
| Unrelated |
Lluvia de random facts:
Las manzanas, cuando hace frío, dan más frío todavía.
Jamás debería uno tener menos de tres unidades del mismo objeto.
Si tenemos una manzana, nos quedaremos con ganas de más.
Si tenemos dos manzanas, no sabremos si nos quedaremos con ganas de más.
Si tenemos tres manzanas, cambia la cosa, porque si nos morfamos las dos primeras, nos queda la tercera de reserva. Nunca pasaremos hambre.
No hay más random facts.
Escribí cinco random facts más, pero los borré con ctrl+z.
Mentí en el penúltimo random fact.
Si tenemos una manzana, nos quedaremos con ganas de más.
Si tenemos dos manzanas, no sabremos si nos quedaremos con ganas de más.
Si tenemos tres manzanas, cambia la cosa, porque si nos morfamos las dos primeras, nos queda la tercera de reserva. Nunca pasaremos hambre.
No hay más random facts.
Escribí cinco random facts más, pero los borré con ctrl+z.
Mentí en el penúltimo random fact.
domingo, 2 de octubre de 2011
Didn't paint to be listened.
No hay muchas palabras lindas que terminen con "sión". ¿Verdad? Ó al menos, en este momento, se me ocurren pocas, ó bien ninguna; sólo se me vienen a la cabeza las más feas.
-Depresión
-Lesión
-Repulsión
-Agresión
-Confusión
-Obsesión
-Tensión
Entre tantísimas otras.
Pero esperá. ¿La obsesión es una palabra fea? ¿Es fea la obsesión? ¿Es feo obsesionarse? ¿Es feo ver a alguien obsesionarse? ¿Debería explayarme?
Dicen que la obsesión es una de las cosas menos atractivas que existen. I for one, considero que la obsesión es tiernísima, algo grandísimo e insoportable, el sentimiento que más se asemeja al tan poco experimentado amor. ¿No te parece? ¿No? Bueno, para mí es así.
Hay pila de formas de querer a una persona. Muchísimas, por decirte algo.
Podés sentir cariño por alguien. Encariñarte con una persona "x". Porque es compañerito de clase, ó compañero de liceo, porque lo ves cada tanto, y tienen cosas en común (ó no). Pero el cariño es bastante efímero. Como el perro del vecino. Es lindísimo, un ovejero grandote que en vez de ladrar y molestar como hacen otros perros, salta y mueve la cola cuando te ve. Le acariciás la cabeza cuando llegás y te vas de casa. Pero el día de mañana el perro del vecino se muere. Porque es lo que suele pasar con los perros, los gatos, los gorriones (una vez vi un gorrión morirse mientras iba caminando: se puso a aletear y dar vueltas, hasta que se quedó quieto, fue tristísimo), e incluso las personas. ¿Ó no? Bueno, el perro se muere. Es una noticia bajoneante, que qué lindo perro, que qué le pasó, ojalá no haya sufrido, una verdadera lástima. Pero las cosas no pasan de ahí. El perro del vecino se murió, te entristecés por unos minutos, y al rato, te llaman para salir y te acordarás al día siguiente no por minutos, sino por segundos, y así. El recuerdo del perro del vecino es lejano y se te cruzará por la cabeza una vez cada once meses, aproximadamente. Y es que eso es el cariño. Si tu compañerito de clase ó de laburo, si esa persona con la que te encariñaste desaparece de un día para otro, no va a ser la gran pérdida. Será más ó menos como que se te rompa el cierre del bolsillo de la campera mientras vas por la calle. "¡La puta madre!" decís. Llegás a casa y lo arreglás, ó pedís que te lo arreglen, ó nunca arreglás el cierre del bolsillo de la campera directamente. Jamás vas a comentar con nadie que tal día se te rompió el cierre del bolsillo de la campera si nadie te lo pregunta. Jamás vas a comentar con nadie que esa persona "x", a la que le tenías cariño, se fue del laburo o de la clase si nadie te lo pregunta.
Podés querer muchísimo a un compañero. Un compañero con el que salís los fines de semana. Un compañero amigo de un amigo que hace reír porque es medio inteligente, ó porque es medio tarado. Chateás con él cuando estás aburrido y te saca algún que otro "equis de". Al menos no estás haciendo cuadraditos con el cursor en el escritorio. Pero de ahí tampoco pasan las cosas. Puede tener que ver con la confianza. Ó no confiás del todo en él, ó directamente la confianza que podés depositar en él es una cosa fofa y gelatinosa que no hace peso, podés contarle cualquier cosa, pero no porque sea necesario, no. Se lo contás porque sabés que, de todas formas, ese compañero al que querés muchísimo no es una persona al que le shockeen tus andanzas sexuales, tus amores no correspondidos ó la mala relación con tus viejos. Simplemente te va a escuchar y asentir. ¿Me explico? Escuchar y asentir, total, las andanzas sexuales, los amores no correspondidos y la mala relación con los viejos son cosas de todos los días.
Podés amar a un amigo. Acá la cosa se agranda. Un amigo que se ama porque, ó son mentes gemelas (almas no, mentes, ¡mentes!) ó directamente opuestas. Ese amigazo al que se recurre por cualquier cosa, desde la pequeñez más insignificante, hasta el relajo más pesadillezco que requiera asesoramiento profesional. Reciprocidad de sentimientos, de confianza. Es más, exceso de confianza: un amigo puede, por esas cosas de la vida, amarse como una pareja, sí, pero yo, no sé si a vos te pasa, no lo veo aplicable en mi vida. El exceso de confianza no es compatible con las relaciones amorosas. Y acá estoy empezando, por fin, a tantear el tema que planeaba tocar (pensaba que tecleaba y tecleaba, me enredaba en cosas bobas y no llegaba a ningún lado). No veo próspera la combinación excesodeconfianza-relaciónamorosa, ya que estas últimas son, como, no sé, ¿cómo explicarlo?. Supongamos que tenemos en frente una hoja de cuadernola. Bueno, las relaciones amorosas están en una carilla, y el exceso de confianza está en la otra carilla. Si bien pertenecen a la misma hoja de cuadernola, están asentadas en lugares opuestos. ¿Me seguís hasta acá?. Podés tener una relación amorosa con una persona, pero creo que la gracia de todo eso es, amar a mares, pero no a borbotones. Amar no a borbotones, sino a mares. Lo que sea que implique para uno la palabra "amar", claro.
¿Dónde está el chiste en tener una relación amorosa con alguien si no existe tensión entre ambas partes, si no existe duda, paranoia, desconfianza pícara y todo eso?. Encuentro aburridísima la certeza de que tu pareja te ama tanto como la amás vos. ¿No es así? Con un amigo se puede, con una pareja, no se debería. Digo yo, no sé.
Pero, a todo esto, que son no más que obviedades, la pregunta de la que me alejé es, ¿no es necesaria la obsesión en una relación amorosa? Sí, lo veo así, lo di a entender desde el principio. ¿Qué es "amar" sino obsesionarse? ¿Qué es "obsesionarse" sino amar?. Ahora, ¿es necesario amar para obsesionarse?. Está claro que considero necesario el obsesionarse para amar, pero, ¿es el amor y la obsesión un sentimiento paralelo?, ¿es el amor y la obsesión el mismo sentimiento?. Bah, qué se yo. ¿Qué es "amar" al fin y al cabo?. Andá a saber. Querer dar todo por una persona, querer saber todo sobre una persona, querer comerte a una persona con tal de fusionarte con ella, ese tipo de cosas. Considerar a esa persona tan brillante y admirable hasta el punto que se haga doloroso, idealizar, querer mostrarse brillante y admirable como esa persona y frustrarse con ternura al no lograrlo. ¿No?.
Ya sabemos que es necesario conocer al objeto de deseo para "amarlo", pero no para obsesionarse con él. Pero acá se contraponen las ideas: no se puede amar sin conocer, pero la obsesión lleva al amor, y, a la vez, no se necesita conocer para alcanzar la obsesión.
Y hasta acá llegué. Me cansé. Me aburrí. Me frustré. Me enojé.
¿Qué locura, no? Digo, el hecho de que haya escrito una perolata larguísima y complicada, que ni yo entenderé cuando llegue el terrible momento de releerla, ¿para qué? para una idea insípida y cagada que no hace más feliz ni más infeliz a nadie.
-Depresión
-Lesión
-Repulsión
-Agresión
-Confusión
-Obsesión
-Tensión
Entre tantísimas otras.
Pero esperá. ¿La obsesión es una palabra fea? ¿Es fea la obsesión? ¿Es feo obsesionarse? ¿Es feo ver a alguien obsesionarse? ¿Debería explayarme?
Dicen que la obsesión es una de las cosas menos atractivas que existen. I for one, considero que la obsesión es tiernísima, algo grandísimo e insoportable, el sentimiento que más se asemeja al tan poco experimentado amor. ¿No te parece? ¿No? Bueno, para mí es así.
Hay pila de formas de querer a una persona. Muchísimas, por decirte algo.
Podés sentir cariño por alguien. Encariñarte con una persona "x". Porque es compañerito de clase, ó compañero de liceo, porque lo ves cada tanto, y tienen cosas en común (ó no). Pero el cariño es bastante efímero. Como el perro del vecino. Es lindísimo, un ovejero grandote que en vez de ladrar y molestar como hacen otros perros, salta y mueve la cola cuando te ve. Le acariciás la cabeza cuando llegás y te vas de casa. Pero el día de mañana el perro del vecino se muere. Porque es lo que suele pasar con los perros, los gatos, los gorriones (una vez vi un gorrión morirse mientras iba caminando: se puso a aletear y dar vueltas, hasta que se quedó quieto, fue tristísimo), e incluso las personas. ¿Ó no? Bueno, el perro se muere. Es una noticia bajoneante, que qué lindo perro, que qué le pasó, ojalá no haya sufrido, una verdadera lástima. Pero las cosas no pasan de ahí. El perro del vecino se murió, te entristecés por unos minutos, y al rato, te llaman para salir y te acordarás al día siguiente no por minutos, sino por segundos, y así. El recuerdo del perro del vecino es lejano y se te cruzará por la cabeza una vez cada once meses, aproximadamente. Y es que eso es el cariño. Si tu compañerito de clase ó de laburo, si esa persona con la que te encariñaste desaparece de un día para otro, no va a ser la gran pérdida. Será más ó menos como que se te rompa el cierre del bolsillo de la campera mientras vas por la calle. "¡La puta madre!" decís. Llegás a casa y lo arreglás, ó pedís que te lo arreglen, ó nunca arreglás el cierre del bolsillo de la campera directamente. Jamás vas a comentar con nadie que tal día se te rompió el cierre del bolsillo de la campera si nadie te lo pregunta. Jamás vas a comentar con nadie que esa persona "x", a la que le tenías cariño, se fue del laburo o de la clase si nadie te lo pregunta.
Podés querer muchísimo a un compañero. Un compañero con el que salís los fines de semana. Un compañero amigo de un amigo que hace reír porque es medio inteligente, ó porque es medio tarado. Chateás con él cuando estás aburrido y te saca algún que otro "equis de". Al menos no estás haciendo cuadraditos con el cursor en el escritorio. Pero de ahí tampoco pasan las cosas. Puede tener que ver con la confianza. Ó no confiás del todo en él, ó directamente la confianza que podés depositar en él es una cosa fofa y gelatinosa que no hace peso, podés contarle cualquier cosa, pero no porque sea necesario, no. Se lo contás porque sabés que, de todas formas, ese compañero al que querés muchísimo no es una persona al que le shockeen tus andanzas sexuales, tus amores no correspondidos ó la mala relación con tus viejos. Simplemente te va a escuchar y asentir. ¿Me explico? Escuchar y asentir, total, las andanzas sexuales, los amores no correspondidos y la mala relación con los viejos son cosas de todos los días.
Podés amar a un amigo. Acá la cosa se agranda. Un amigo que se ama porque, ó son mentes gemelas (almas no, mentes, ¡mentes!) ó directamente opuestas. Ese amigazo al que se recurre por cualquier cosa, desde la pequeñez más insignificante, hasta el relajo más pesadillezco que requiera asesoramiento profesional. Reciprocidad de sentimientos, de confianza. Es más, exceso de confianza: un amigo puede, por esas cosas de la vida, amarse como una pareja, sí, pero yo, no sé si a vos te pasa, no lo veo aplicable en mi vida. El exceso de confianza no es compatible con las relaciones amorosas. Y acá estoy empezando, por fin, a tantear el tema que planeaba tocar (pensaba que tecleaba y tecleaba, me enredaba en cosas bobas y no llegaba a ningún lado). No veo próspera la combinación excesodeconfianza-relaciónamorosa, ya que estas últimas son, como, no sé, ¿cómo explicarlo?. Supongamos que tenemos en frente una hoja de cuadernola. Bueno, las relaciones amorosas están en una carilla, y el exceso de confianza está en la otra carilla. Si bien pertenecen a la misma hoja de cuadernola, están asentadas en lugares opuestos. ¿Me seguís hasta acá?. Podés tener una relación amorosa con una persona, pero creo que la gracia de todo eso es, amar a mares, pero no a borbotones. Amar no a borbotones, sino a mares. Lo que sea que implique para uno la palabra "amar", claro.
¿Dónde está el chiste en tener una relación amorosa con alguien si no existe tensión entre ambas partes, si no existe duda, paranoia, desconfianza pícara y todo eso?. Encuentro aburridísima la certeza de que tu pareja te ama tanto como la amás vos. ¿No es así? Con un amigo se puede, con una pareja, no se debería. Digo yo, no sé.
Pero, a todo esto, que son no más que obviedades, la pregunta de la que me alejé es, ¿no es necesaria la obsesión en una relación amorosa? Sí, lo veo así, lo di a entender desde el principio. ¿Qué es "amar" sino obsesionarse? ¿Qué es "obsesionarse" sino amar?. Ahora, ¿es necesario amar para obsesionarse?. Está claro que considero necesario el obsesionarse para amar, pero, ¿es el amor y la obsesión un sentimiento paralelo?, ¿es el amor y la obsesión el mismo sentimiento?. Bah, qué se yo. ¿Qué es "amar" al fin y al cabo?. Andá a saber. Querer dar todo por una persona, querer saber todo sobre una persona, querer comerte a una persona con tal de fusionarte con ella, ese tipo de cosas. Considerar a esa persona tan brillante y admirable hasta el punto que se haga doloroso, idealizar, querer mostrarse brillante y admirable como esa persona y frustrarse con ternura al no lograrlo. ¿No?.
Ya sabemos que es necesario conocer al objeto de deseo para "amarlo", pero no para obsesionarse con él. Pero acá se contraponen las ideas: no se puede amar sin conocer, pero la obsesión lleva al amor, y, a la vez, no se necesita conocer para alcanzar la obsesión.
Y hasta acá llegué. Me cansé. Me aburrí. Me frustré. Me enojé.
¿Qué locura, no? Digo, el hecho de que haya escrito una perolata larguísima y complicada, que ni yo entenderé cuando llegue el terrible momento de releerla, ¿para qué? para una idea insípida y cagada que no hace más feliz ni más infeliz a nadie.
| Esta no es una entrada romántica, que conste. |
Sos brillante hoy y eras brillante cuatro, cinco años atrás. Yo no. ¡Qué rabia!
domingo, 11 de septiembre de 2011
Derp.txt
La señorita Zabaleta es bastante popular entre los hombres, ya que encaja a la perfección con los canones de belleza de su región, inspirados en el aspecto de los peces borrón, ó gota.
La señorita Zabaleta da el siguiente discurso cada vez que algún respetable e intérpido caballero se atreve a pedir su mano:
-No me malinterprete, saliente, no se sienta amado ni se crea objeto de deseo, que si llegase algún día a decirle que lo quiero, poco tendrá que ver con el sentimiento de fantasía que une a las parejas apasionadas en los libros de las abuelas, es más bien un 'lo quiero' literal, un 'lo quiero' como pertenencia y no como persona. No busco en usted el calor en forma de abrazo, si no como quien ve que hace frío y se pone un tapado. Lo querré entonces, entiéndalo, como un accesorio. A menos, por supuesto, que las cosas se me vayan de las manos y me transforme yo en algo lo suficientemente imprescindible en su vida como para verme obligada a quererlo de mentiras.
Desafortunadamente, la señorita Zabaleta aún no ha logrado pasar la fase del "¿Le Gustaría Salir A Tomar Algo?". ¡Fuerza, Zabaleta!.
La señorita Zabaleta da el siguiente discurso cada vez que algún respetable e intérpido caballero se atreve a pedir su mano:
-No me malinterprete, saliente, no se sienta amado ni se crea objeto de deseo, que si llegase algún día a decirle que lo quiero, poco tendrá que ver con el sentimiento de fantasía que une a las parejas apasionadas en los libros de las abuelas, es más bien un 'lo quiero' literal, un 'lo quiero' como pertenencia y no como persona. No busco en usted el calor en forma de abrazo, si no como quien ve que hace frío y se pone un tapado. Lo querré entonces, entiéndalo, como un accesorio. A menos, por supuesto, que las cosas se me vayan de las manos y me transforme yo en algo lo suficientemente imprescindible en su vida como para verme obligada a quererlo de mentiras.
Desafortunadamente, la señorita Zabaleta aún no ha logrado pasar la fase del "¿Le Gustaría Salir A Tomar Algo?". ¡Fuerza, Zabaleta!.
sábado, 3 de septiembre de 2011
Vergüenza.
La providencia del Señor no siempre nos ilumina. Fea obra de Dios es el hacernos una marquita en el cuero cabelludo por un día y someternos a la vergüenza. A veces, las quinceañeras tildan la ruptura del corazón, el rechazo por parte de su enamorado semanal como el peor de los sentimientos, el estado emocional más calamitoso por el que uno pueda transitar. Otros tantos, atribuyen este título a la incertidumbre, la decepción ó al amor metamorfoseado en odio. Pero Yo, en mayúsculas, porque ando con el ánimo por el suelo y medio que estoy tratando de hacer de cuentas que no, digo que la vergüenza tiene forma de alfiler clavado en el oído, de rodillas quebradas y de muela careada.
¿En qué me baso? En poco, sí. No tengo ningún certificado que me califique de erudita en el tema, pero debo una deuda a narcotraficantes de piel oscura y si no escribo algo me envenan al gato.
Vergüenza, vergüenza de uno mismo en acontecimientos cotidianos.
No hay desamor comparado con el mantener una animada conversación acerca de Tarkovsky y ver cómo, en medio de nuestra emoción, escupimos a nuestro receptor, el cual, con asquito, finge no haberlo notado. Y la gotita de saliva queda brillando en el pómulo izquierdo. El ánimo con el que se relataba nuestra opinión acerca de El Sacrificio no volverá a ser la misma. Se cagó todo, es la última vez que se nos invitará a salir. Somos miserables.
No hay golpiza que pueda compararse con el intentar reemplazar nuestro asiento del colectivo por uno recién liberado, abalanzarnos sobre el mismo, y, en cámara lenta, ver como un enviado de Satanás entra en escena y nos lo garronea. No queda otra que retroceder, despacito, a nuestro asiento de origen (hacer de cuentas que preferimos estar de pie por el resto del trayecto no se vale, es tarjeta roja), y sentir cómo el resto de los pasajeros se ríen por dentro. El viaje será a partir de ese entonces un suplicio, lloraremos con el cachete pegado a la ventanilla mientras el cielo se cubre de nubes. Somos miserables.
No hay infidelidad descubierta que pueda compararse con, en medio de una simpática reunión con amigos, sacudir la mano en el aire exigiendo atención (la cual no se nos cederá con facilidad, pero estamos acostumbrados), y acotar un algo que nos parecía propio de una mente brillante, esperar con la sonrisa clavada un desacato de carcajadas, y recibir a cambio miradas torcidas y fruncimiento de cejas, una barrilla rueda a nuestras espaldas. Cae la cereza sobre el postre cuando la conversación se formatea y vemos cómo nuestros ex-amigos se cierran en una ronda de sillas, habiendo dejado nuestro prometedor comentario flotando en quién sabe qué rincón de qué galaxia vecina. El mismo nos hace adiós con la manito, se disculpa por haber fallado. Pero es tarde, y nos vamos a caminar por las calles de una película de Jarmusch, pateando una lata de Coca-Cola. Somos miserables.
No hay ninguneo de jefe previo al despido que pueda compararse con, queriéndonos hacer los vivos, llamar al teléfono de línea de nuestro amor platónico (número que tenemos bajo nuestro poder no por mérito propio si no por la ayuda del amigo -medio morochito por lo general- que se la juega y nos lo consigue a cambio de figuritas del mundial), esperar a que atienda, dejarlo decir "¿hola? ¿hola? ¡¿hola?!", entrar en una espiral de diversos placeres al escucharlo enfurecer, esperar a que corte, atender otra llamada a los trece minutos y dieciséis segundos, decir nuestro nombre respondiendo al con quién estoy hablando y descubrir que del otro lado de la línea tenemos a aquel con quien jugamos a las adolescentes enamoradas hace catorce minutos y cuatro segundos. Se nos acusará de inmadurez, no se nos querrá nunca más, nos echaremos en la cama a llorar abrazando la almohada, y nuestra vida tendrá a partir de entonces un dúo de violín y cello muy desgarradores como banda sonora. Somos miserables.
No hay tampoco película de Aronofsky que pueda compararse con, en pleno goce de primer cita romántica con el objeto de deseo que venimos persiguiendo desde ciclo básico, pedirse un té de saborcillos raros para quedar bien (porque el té es la bebida de la gente bien), esperando que le traigan a uno una tacita con la infusión ya preprada, ver que se nos ha chantajeado y tener que meter el saquito en la tetera de hojalata y, al intentar embocarle desde la boca de la tetera hacia la de la taza, volcar violentamente el líquido sobre el plato, mesa, porción de pizza, pantalón nuevo y rodillas como producto de nuestra défisis mental y reuma prematuro, y parecer entonces un escolar meado. Como firma en nuestro carné de infeliz generador de lástima (esa lástima dolorosa que se siente por las mascotas moribundas, los viejos en geriátricos ó por Karina Jelinek), se nos desparramará la muzzarella por entre los dedos al mandarnos la porción de pizza empapada en té. Solo de batería que acompaña los chistes del stand-up, miraremos a la cámara y nos encojeremos de hombros. Somos miserables.
Mocos balanceándose de las narinas, baba que se escapa en medio de las risas, vasos ajenos que no llegamos a apoyar en la mesita y vuelcan su contenido en la moqueta, cagadas de perro en la suela de nuestros zapatos de las cuales no nos percatamos hasta que es demasiado tarde, ringtones que estallan en medio de un momento clave de la obra de teatro de nuestro amigo actor, labial que por culpa de una manoseada de cara inconsciente se extiende hasta la mejilla...
Del otro lado, el público ríe y desea no ser nosotros. Somos miserables.
¿En qué me baso? En poco, sí. No tengo ningún certificado que me califique de erudita en el tema, pero debo una deuda a narcotraficantes de piel oscura y si no escribo algo me envenan al gato.
Vergüenza, vergüenza de uno mismo en acontecimientos cotidianos.
No hay desamor comparado con el mantener una animada conversación acerca de Tarkovsky y ver cómo, en medio de nuestra emoción, escupimos a nuestro receptor, el cual, con asquito, finge no haberlo notado. Y la gotita de saliva queda brillando en el pómulo izquierdo. El ánimo con el que se relataba nuestra opinión acerca de El Sacrificio no volverá a ser la misma. Se cagó todo, es la última vez que se nos invitará a salir. Somos miserables.
No hay golpiza que pueda compararse con el intentar reemplazar nuestro asiento del colectivo por uno recién liberado, abalanzarnos sobre el mismo, y, en cámara lenta, ver como un enviado de Satanás entra en escena y nos lo garronea. No queda otra que retroceder, despacito, a nuestro asiento de origen (hacer de cuentas que preferimos estar de pie por el resto del trayecto no se vale, es tarjeta roja), y sentir cómo el resto de los pasajeros se ríen por dentro. El viaje será a partir de ese entonces un suplicio, lloraremos con el cachete pegado a la ventanilla mientras el cielo se cubre de nubes. Somos miserables.
No hay infidelidad descubierta que pueda compararse con, en medio de una simpática reunión con amigos, sacudir la mano en el aire exigiendo atención (la cual no se nos cederá con facilidad, pero estamos acostumbrados), y acotar un algo que nos parecía propio de una mente brillante, esperar con la sonrisa clavada un desacato de carcajadas, y recibir a cambio miradas torcidas y fruncimiento de cejas, una barrilla rueda a nuestras espaldas. Cae la cereza sobre el postre cuando la conversación se formatea y vemos cómo nuestros ex-amigos se cierran en una ronda de sillas, habiendo dejado nuestro prometedor comentario flotando en quién sabe qué rincón de qué galaxia vecina. El mismo nos hace adiós con la manito, se disculpa por haber fallado. Pero es tarde, y nos vamos a caminar por las calles de una película de Jarmusch, pateando una lata de Coca-Cola. Somos miserables.
No hay ninguneo de jefe previo al despido que pueda compararse con, queriéndonos hacer los vivos, llamar al teléfono de línea de nuestro amor platónico (número que tenemos bajo nuestro poder no por mérito propio si no por la ayuda del amigo -medio morochito por lo general- que se la juega y nos lo consigue a cambio de figuritas del mundial), esperar a que atienda, dejarlo decir "¿hola? ¿hola? ¡¿hola?!", entrar en una espiral de diversos placeres al escucharlo enfurecer, esperar a que corte, atender otra llamada a los trece minutos y dieciséis segundos, decir nuestro nombre respondiendo al con quién estoy hablando y descubrir que del otro lado de la línea tenemos a aquel con quien jugamos a las adolescentes enamoradas hace catorce minutos y cuatro segundos. Se nos acusará de inmadurez, no se nos querrá nunca más, nos echaremos en la cama a llorar abrazando la almohada, y nuestra vida tendrá a partir de entonces un dúo de violín y cello muy desgarradores como banda sonora. Somos miserables.
No hay tampoco película de Aronofsky que pueda compararse con, en pleno goce de primer cita romántica con el objeto de deseo que venimos persiguiendo desde ciclo básico, pedirse un té de saborcillos raros para quedar bien (porque el té es la bebida de la gente bien), esperando que le traigan a uno una tacita con la infusión ya preprada, ver que se nos ha chantajeado y tener que meter el saquito en la tetera de hojalata y, al intentar embocarle desde la boca de la tetera hacia la de la taza, volcar violentamente el líquido sobre el plato, mesa, porción de pizza, pantalón nuevo y rodillas como producto de nuestra défisis mental y reuma prematuro, y parecer entonces un escolar meado. Como firma en nuestro carné de infeliz generador de lástima (esa lástima dolorosa que se siente por las mascotas moribundas, los viejos en geriátricos ó por Karina Jelinek), se nos desparramará la muzzarella por entre los dedos al mandarnos la porción de pizza empapada en té. Solo de batería que acompaña los chistes del stand-up, miraremos a la cámara y nos encojeremos de hombros. Somos miserables.
Mocos balanceándose de las narinas, baba que se escapa en medio de las risas, vasos ajenos que no llegamos a apoyar en la mesita y vuelcan su contenido en la moqueta, cagadas de perro en la suela de nuestros zapatos de las cuales no nos percatamos hasta que es demasiado tarde, ringtones que estallan en medio de un momento clave de la obra de teatro de nuestro amigo actor, labial que por culpa de una manoseada de cara inconsciente se extiende hasta la mejilla...
Del otro lado, el público ríe y desea no ser nosotros. Somos miserables.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

