domingo, 12 de septiembre de 2010

El Ómnibus que nunca para


Muchos aseguran haberlo visto. Otros, lo tildan de leyenda urbana terraja. Extenso tópico es en verdad, el del Ómnibus que nunca para.
No es un ómnibus común, no, para nada. Un común y desinteresado transeúnte, no prestará la atención necesaria para ver más allá de lo que es a simple vista un colectivo de añejo diseño. No notará la pintura oxidada bastante más opaca de lo normal, la ausencia de cartel de destino, o los ahumados vidrios tras los cuales se encuentran los desesperados y a la vez desesperanzados pasajeros, eternos pasajeros.
A pesar de su nombre, El Ómnibus que nunca para sí estaciona, raramente, es cierto, pero de esta forma cubre toda sospecha que pueda interrumpir su recorrido y se abastece de nuevas víctimas.
Un nuevo pasajero no se percatará de la trampa en la que ha caído hasta intentar bajar del ómnibus y encontrarse con la desagradable sorpresa de la imposibilidad absoluta de salir del mismo debido a las puertas selladas a cal y canto. Normalmente de mal modo, valiéndose de injurias e improperios, exigirá explicaciones al menesteroso conductor del vehículo (de ojeroso y lívido rostro, hombre que se mantiene con vida gracias a fuerzas superiores, o bien café con Speed), el cual se limitará a lanzar una fulminante mirada de desazón o incluso comprensión a su convulsa víctima.
El proceso de adaptación a lo que es su nueva sociedad de no más de veintitantos miembros es resignadamente necesario y subconscientemente asumido, ya que la vida transcurrirá allí y en ningún otro lugar. Dentro del vehículo, jamás fuera de él, siempre a través del mismo recorrido, jamás uno distinto. Sin excepciones, todos los días, hasta la infinidad absoluta del tiempo.
Aún así, los pasajeros han llegado a presenciar en El Ómnibus que nunca para, nacimientos, casamientos, muertes y tantos otros acontecimientos, y de alguna forma el socializar con sus compañeros de asiento o pares próximos, hace el abatimiento menos punzante, ya que la actividad restante que consiste en mirar sin ver por las ventanillas, es bastante deprimente y para nada atractiva pasados los primeros días de la eterna estadía.
Todas las amistades, enemistades y romances allí surgidos comienzan igual. Uno se acerca a otro, la típica:
Y vos, trabajás o estudiás?
Yo sólo viajo, será la respuesta de los más viejos, seguida de un ligero humedecimiento de ojos.
Es que en eso transforma El Ómnibus que nunca para a los peatones promedio, hijos huérfanos garabateando en los vidrios empañados, abuelos sin nietos escuchando Dolina a la noche, madres vírgenes y padres célibes sin futuro alguno. Pero viajeros, al fin. No más que eternos viajeros de la vida.

viernes, 16 de julio de 2010

Instrucciones para dar lástima

Llega un momento a veces (generalmente en las vidas carentes de acontecimientos fuera de lo común o simplemente monótonas), en el que se ve necesaria una intervención no-espontánea de parte de uno mismo para generar un hecho digno de mención, algo que haga a uno sentirse importante al menos por un breve tiempo.
Concéntrese. Respire hondo y olvídese de la exasperación dentellando sus carnes. Analice su situación, haga un esquema de usted mismo en su propio entorno, pero añádale drama, siéntase poco, invéntese un ciclón que lo tire abajo como a un árbol podrido. Como para darle un empujoncito: puede intentar convencerse de que ninguna de las personas que integran su círculo social tiene el más mínimo interés en usted, porque obviamente, usted no es escencial en la existencia de ninguno de sus amigos, compañeros, familia o conocidos en general, nadie depende de usted, no dude de su futilidad ni por un minuto. O simplemente recuerde que allí, en el fondo, lo sigue la Muerte cada día más de cerca.
Ahora mire a su alrededor y haga lo que se le dé la gana, debe soltarse antes del siguiente paso. Grite si lo siente, patée al perro si lo desea, triture a los hámsters hasta convertirlos en paté o queme ese libro tan especial que le regaló su viejo amor (para el cual, recuerde, usted no es importante). Acto seguido arrepiéntase y siéntase merecedor del odio mundial, la peor persona sobre la faz de la Tierra. Tállese esa idea en el cerebelo.
Cuando se sienta en la temperatura adecuada, llame rápido a su pareja, amigo o familiar más cercano, el más querido, aquel con el cual mantiene una relación perfecta y recíproca.
No le dé mucha bola cuando demande su presencia, sea seco, preocúpelo. Haga que venga corriendo dejando el horno encendido no sin antes haber preguntado en el medio del desespero qué anda mal, que por qué estás así, no querés que te anime, y ya mismo voy para allá a hacerte un tecito de canela.
Cuando estén las dos partes frente a frente, ponga todo de sí, inspírese, retrátese imágenes punzantes que hagan sangrar el alma, su pareja en brazos de otro, la abuelita agonizando tras haberse resbalado con mayonesa o su gatito atropellado en alguna esquina.
Póngase pues manos a la obra.
Comience frunciendo el ceño y haciendo un sutil puchero, negándose a responder cualquier pregunta realizada por su compañero, el cual atinará a dar palmaditas en su espalda mientras busca cómo hacerle abrir la boca. ¡No le dé el gusto! Espere a que se sienta frustrado al verse fracasar, acúsele de estar ausente cuando se lo necesita, lo negará, que no, cómo pensás eso de mí, que yo siempre fui tu amigo, yo nunca haría eso, cómo se te ocurre. Ahora, ahora es el momento. Haga fuerza con la nariz hasta sentir un ligero hormigueo en las fosas nasales, continúe hasta enrojecerse las mejillas hasta el punto en que pueda confundírsele con la piel carmesí de Belcebú, entrecierre los ojos y cuando sienta las pupilas nadando en un mar fresco y saladito, ciérrelos. Se destapan las lágrimas. Llore. Moquee.
Su compañero intentará consolarlo abrazándolo o quitándole las manos de la cara, pero se lo sacará usted de encima con un ligero empujón estilo mariquita.
Ha logrado su objetivo.
El verle llorar llenará de culpa a la otra persona, la cual se irá vociferando alguna pavada entre mocos y lágrimas mientras analiza la idea de tirarse abajo de un camión.
Pero no se preocupe. Séquese las lágrimas y espere para la mañana siguiente la llamada de esta persona, frustrada y afligida, pidiéndole disculpas y rogando por su comprensión. Esto puede dar paso a la confesión de algún amor oculto tras el nombre de "amistad", también. Sin importar esto realmente, es al fin y al cabo lo que esperaba. Qué más quiere, qué más quiere. Vaya a darle un abrazo a su atormentado compañero, amigo, familiar o pareja y encaje que se acordó de que Uruguay no salió campeón y que de repente se deprimió, o que le duelen los ovarios en caso de ser mujer mientras disfruta de ese ínfimo sentimiento que se asemeja bastante a lo que podría llegar a ser la felicidad, el sentimiento de sentirse necesitado.

Bravo he dicho.

martes, 6 de julio de 2010

Iba a escribir algo profundo [o alguna pseudointelectualidad recontra reciclada de las que acostumbro escribir cuando no hay ningún granuja (♥) con el que hablar por MSN], pero no. Lamentablemente (o afortunadamente?) todas las ideas y bosquejos de textos acerca de aquel concierto de Natalie Clein, se esfumaron ni bien tuve frente a mis ojos la página de creación de entradas de Blogspot. No sé, puede que inculpe a la pobre página por mi incompetencia, pero el punto es que no dió.

En su defecto...



Un gato muy hermoso.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Y se muy bien que no estarás.
No estarás en la calle, en el murmullo que brota de la noche
de los postes de alumbrado,
ni en el gesto de elegir el menú,
ni en la sonrisa que alivia los completos en los subtes
ni en los libros prestados,
ni en el hasta mañana.
No estarás en mis sueños,
en el destino original de mis palabras,
ni en una cifra telefónica estarás,
o en el color de un par de guantes, o una blusa.
Me enojaré, amor mío, sin que sea por ti,
y compraré bombones pero no para ti,
me pararé en la esquina a la que no vendrás
y diré las cosas que sé decir
y comeré las cosas que sé comer
y soñaré los sueños que se sueñan.
Y sé muy bien que no estarás
ni aquí dentro de la cárcel donde te retengo,
ni allí afuera,
en ese río de calles y de puentes.
No estarás para nada, no serás mi recuerdo
y cuando piense en ti, pensaré un pensamiento
que oscuramente trata de acordarse de ti.