Se empieza considerando los primeros tropezones como irrelevantes indicios de mala suerte, insustanciales hasta el punto de considerarse ligeramente graciosos (buenos para contar en plan de anécdota en medio de algún silencio incómodo durante una cena familiar deprimente), como puede ser el servirse refresco (lima-limón mi favorito, por cierto) en un vaso que contenía restos de detergente y terminar bebiendo espuma ácida, o achicharrarse el lóbulo de la oreja al plancharse el pelo en caso de ser mujer o metrosexual.
En el correr del día las cosas pueden ir empeorando, advirtiéndole Dios, la vida, el destino, o como considere adecuado llamarle, que es mejor quedarse en la cama tapado hasta la nariz (lo cual tampoco es recomendable, con la mala suerte que tiene uno encima, es posible que termine ahogándose en su propia saliva o tragándose la lengua al soñar con esa persona que tanto le atrae pero que no se percata de su existencia). Se experimentarán situaciones incómodas varias, como puede ser el sombrero despegándose de la cabeza para planear radiante entre los aires, atrayendo obviamente las miradas divertidas de los transeúntes, que señalarán con el índice entre risotadas al verlo a uno correr desesperado tras el indisciplinado gorro, arañando el aire intentando cazarle en pleno vuelo. O bien se puede estar luciendo las peores pintas y encontrarse con aquellas personas frente a las cuales es mejor mostrarse espléndido, ya que poseen fama de juzgar vilmente por las apariencias de forma instintiva. Esto desemboca en dejarse parado a sí mismo como un menesteroso guarro con grasa capilar vestido de harapos, ya que el rumor de que se salió a la calle con un poncho naranja que no pega con nada, alpargatas, y el pelo hecho un plato de tallarines, correrá de boca en boca hasta la infinidad de los tiempos.
Típicos malos argurios que uno suele experimentar el lunes de una mala semana.
Por supuesto, en el correr de la misma, las cosas irán desde cuesta abajo hasta caer en pendiente vertical.
Si no es reprobar ese examen de biología tan importante, será un mensaje de texto de su pareja diciendo que "no va más", o la noticia del vecino de que ha visto a su gato atropellado con los ojos salidos de las cavidades allá, en la esquina, o que la prima de su abuelo tiene una enfermedad terminal y que usted debe cuidarla hasta que palme dentro de dos o tres meses. O como en mi caso, un corte de electricidad por haberse atrasado cuatro meses con las facturas.
Martes, miércoles, jueves, llora, se retuerce y sufre. Se angustia, se aflige, y patalea. Parece que lo único que queda por hacer es meter la cabeza en el horno y hacer de cuentas que uno es una pizza, o tirarse del techo que está a poco más de dos metros del suelo cuantas veces sea necesario para quebrarse la columna. Tal vez rebanarse las venas con un Tramontina.
Todos estos son buenos ejemplos de cómo sacarse la semana de mierda de encima, pero acá la verdad es, que nadie tiene el coraje suficiente para acabar con la propia vida.
Por tanto, la semana continúa, acentuándose el caos hora a hora.
Llegado cierto punto, se pierde la cordura irremediablemente. Parece que el Infierno no va a acabarse nunca, que 24 horas equivalen a unas mil, que la vida nos hace pito catalán, zancadillas y nos patea en el estómago cuando intentamos levantarnos. Repeat.
No termina, no termina, sigue y sigue jodiéndonos, no llega el fin, corremos marcha atrás, la luz al final del túnel se aleja haciéndose diminuta, está tan lejos, tan lejos, tan lejos, inalcanzable...
...Y cuando uno quiere acordar...
...es sábado, y se puede andar en calzoncillos por la casa.
No fue tan difícil.
